Fragmentos de un discurso clásico del amor

Cómo está hecha esta carta:

Por empezar, y si esto es posible, a imagen y semejanza de Fragmentos de un discurso amoroso (Barthes). No querría, entonces, reproducir su propio prólogo. Me basta con decir que voy a aplicar el mismo tipo de análisis estructural a los textos que leí últimamente. Que voy a recortar retazos de discurso y los voy a analizar (de una manera mucho más trivial que en el original) como figuras. Que al final del argumento de cada figura te doy el poema al cual está haciendo referencia esa misma figura. Y que, como en el original, el orden está impuesto por la norma de nuestro alfabeto, porque yo tampoco subestimo “el poder del azar de engendrar monstruos”:

Cadena: El amor dicta una ley casi irrevocable: el enamorado no será nunca amado por quien ama, y éste a su vez amará a quien no le corresponde; y este tercero amará a su vez a un cuarto, y así hasta el infinito. Figura más bien helicoidal, en donde nunca dos puntas llegan a unirse del todo. (O 1.33, Horacio)

Venus parecería divertirse uniendo almas incompatibles. Yo la amo a ella; ella por su parte ama a otro que no soy yo, y ese otro a otra que no es ella. Y así hasta el infinito.Están envueltos en esta figura Albio, Glicera, Licore, Ciro, Fóloe, Mirtale. Pero estos nombres propios son circunstanciales; pertenecen a un fragmento mínimo de una cadena más vasta, que se comprende, quizá, de tantos elementos como seres vivientes habitan la tierra. Yo, por mi parte, puedo esbozar el espacio del esquema en el que estoy inmerso y decir, hasta llegar a los puntos suspensivos: Laura, Baltasar, Adriana, Joaquín, Mariana, Martín, Maria Emilia, Federico…y llegar hasta un lugar difuso en el que hasta pueden encontrarse Albio, Glicera, Licores, Ciro, Fóloe, Mirtale. Y en cada elemento que se suma en esta cadena dispar uno siente como que va bajando. La cadena es helicoidal, y no se por qué, pero en el absurdo de las puntas que no se tocan, uno encuentra como un castigo de los dioses. No hay otra explicación. La cadena es tan perfectamente imperfecta que uno termina por creer que es obra de los dioses y que este camino helicoidal no puede ser más que descendente. Bajamos a un infierno desencontrado, y ya no nos importa mirar para arriba y ver quién nos ama; solamente miramos para abajo y vemos cómo a partir de nuestro objeto amoroso, siguen sucumbiendo nombres que en uno o dos círculos más abajo se nos hacen demasiado ajenos, desconocidos. A Federico, ya, solamente lo conozco de vista. Y escuché decir que una tal Luciana me quiere para ella. Pero al enamorado le pesa demasiado la cabeza. Se la pasa cabizbajo. Y le es imposible mirar para arriba y ver quién lo ama. El gesto de los ojos al piso es propio del enamorado, y en ese gesto sufre la cadena interminable, que rotunda desciende desde sus pies.

Exilio real: El enamorado, en el sentimiento enfermo de su amor, tiene la necesidad imperiosa de desaparecer, de irse lejos de su patria, a un lugar en donde pueda empezar de nuevo. (E 1.1, Propercio)

Propercio le pide a sus amigos que lo lleven “por lejanos países, por el mar, ahí donde ninguna mujer pueda seguir mis pasos”. Pide, por sí mismo, el exilio amoroso. Y como podemos ver, las palabras de Propercio se refieren a un exilio real, físico; no es el exilio de lo imaginario (como en Barthes). Acá se trata de cruzar el mar, de tocar otra tierra, de hacer del desprendimiento de la imagen del objeto amoroso algo concreto. Cambiar el contexto, el entorno en donde ese Otro es posible. E irme lejos, yo enamorado, donde ninguna mujer pueda alcanzarme, ni alguna de las formas del amor.Estoy enamorado. No puedo conmigo. Entonces me voy lejos de mi patria. Y si Ulises, después de la guerra de Troya, cuando vuelve a Ithaca a restaurar un orden subvertido, lo que hace es un regreso hacia sí mismo, entonces el enamorado en su huida está haciendo precisamente lo contrario: huye de sí mismo, hacia un orden desconocido y ajeno, adonde lo único que importa es justamente eso: que sea desconocido y ajeno.

Incesto: Figura particular en la que el enamorado, a parte de ser enamorado, es también pariente del objeto amado. (Met, Ovidio)

Biblys, enamorada de su hermano, es consciente de lo que le pasa; y es consciente a su vez, de lo deshonesto de sus sentimientos. Se encuentra, entonces, en un lugar incómodo. Y al ver que su relación no es posible, que no va a poder llevarla a lo físico, trasporta ese encuentro a un plano onírico, que termina por parecerse demasiado a un encuentro real. Y el objeto es amado en sueños precisamente porque ese acto es “sucio y feo”. Se produce una marcada diferenciación con la esfera divina. El enamorado se sabe más que nunca mortal porque un impedimento de la cultura (el de no poseer a nadie que lo vincule mediante un lazo de sangre) le produce malestar. Este malestar de la cultura contrasta con la posición de los dioses, ya que ellos sí pueden casarse con sus hermanos. Pero en un nivel más profundo esta carencia del objeto amado se parece a cualquier otra, ya que no es la cultura la que impide esta unión, sino que es el mismo objeto el que la rechaza. Biblys sería capaz de olvidarse de todo precepto cultural: “…si él me amase con intento feo, quizá me rendiría a su deseo.” dice refiriéndose a su hermano y termina por expresar sus sentimientos mediante una carta. Y esta carta, como en Barthes, es expresiva: está llena de ganas de significar el deseo.

Loco: Figura, que por universal y atemporal, es retomada del texto original de Barthes. El sujeto amoroso es atravesado por la idea de que está o se vuelve loco. (E 1.1, Propercio)

La locura del amor es producto de una mala relación con los dioses. Y si no es así es que los dioses se ensañan con el enamorado. La única certeza que se tiene en la locura de amor es la siguiente: tengo a los dioses en mi contra. Y esta relación que me desfavorece hace que yo dé lastima, a cualquier otro y a mí mismo: “Pobre de mí” dice Propercio en su primera elegía, paradójicamente consciente de su locura. Porque si el loco no puede racionalizar lo que siente, analizar su propia lógica desde un punto de vista más objetivo, por decirlo así, desde un lugar que no sea precisamente desde esa lógica propia, el enamorado es doblemente loco porque lo sabe desde afuera. Lo sabe socialmente. La locura del enamorado no se centra tanto en sí mismo como en el objeto amado que no puede tener. Cualquier lógica que se imponga a sí mismo no puede servirle porque la locura le viene desde afuera. Todo artificio irracional en busca de un poder enfermo pero propio, se desvanecerá en el enamorado en cuanto vea que sigue estando solo, y que lo único que lo podría colmar de sentido (el objeto amado) lo rechaza. El loco enamorado encuentra en la carencia del otro el motivo racional y endógeno de su locura. De ahí que por lo general se le eche la culpa al otro.

Magia: El enamorado, consciente de que su mal no tiene cura, pone sus últimas esperanzas en remedios mágicos. (E 1.1, Propercio)

El motivo del remedius amoris aparece como consecuencia lógica a la consciencia de tener una enfermedad incurable. No hay ciencia que pueda tratarme, entonces recurro a las magas. Que, si es cierto que tienen “el poder de bajar la luna”, entonces quizá puedan también conmigo. Como cualquier otra enfermedad moderna, al no encontrar respuesta por parte de la razón científica, recurro a otras medicinas alternativas, terapias no convencionales, gualichos, lo que fuere. Cualquier promesa me sirve, ya que no tengo de dónde agarrarme. Puedo subirme a cualquier tren, porque no tengo realmente nada que perder. Estoy jugado. El amor es un cáncer intratable.

Paz: Figura hippie. El sujeto amoroso, en el punto culmine de su amor, se proclama en contra de la guerra. El tiempo ocioso es el más propicio para amar. (E 1.10, Tibulo)

Cuando el amor no me es funesto, entonces quiero vivir para siempre. Soy feliz, y entonces quiero a la vida de la misma manera que quiero al amor. Porque, a decir verdad, las dos cosas son como parte de una sola. Y entonces la muerte amenaza con acabar el placer (como en otra instancia aparece para terminar con el dolor). Y el motivo de la muerte como aguafiestas aparece bajo el manto de la guerra. “¡Qué locura buscar en la guerra la espantosa muerte!” dirá Tibulo en una de sus elegías. Y esto lo dice porque el amor le es placentero. Esta figura (alucinógena), se relaciona con la parte benigna del amor, la que me sustrae de mí mismo, la que hace que vea las cosas de manera distorsionada y terriblemente dulces.

Primavera: El sujeto experimenta un sentimiento de urgencia ante la posibilidad del amor. Consciente de una vida efímera, en la primavera (y en cada rasgo primaveral del objeto amado) el enamorado siente que debe apresurarse a gozar. (O 1.4, Horacio); (O 1.25, Horacio)

En primavera me enamoro. El contexto natural empieza a ser una secuela lógica que continúa al otro que amo. Venus rige el concierto de las danzas. Y yo siento las danzas de Venus en presencia del otro. El ardiente Vulcano foguea, y yo siento como que soy prendido fuego. En primavera me enamoro, y me enamoro, a su vez, de la primavera. Me doy cuenta de que es el mejor lugar para estar, donde perder el tiempo en un ocio improductivo y dulce. La calidad de Licidas, la de ser “tierno” me recuerda que el tiempo es breve y no perdona el haberme postergado, el haber hecho de lo improductivo del ocio un vicio y no una virtud. Si dejo pasar a Licidas, si dejo que la primavera me pase por encima, entonces va a llegar el día en que voy a arrepentirme. El “tierno” Licidas despierta en mí el sentimiento lógico que va a despertarles a las vírgenes doncellas. Y el recuerdo de Plutón, en presencia del objeto amado, hace que sus rasgos (primaverales) resalten aún con más fuerza mi urgencia de amar.

Reprochar: Figura que hace referencia al cambio que con el tiempo sufre el cuerpo del objeto amado, cambio que desvirtúa al sentimiento amoroso. (O 4.13, Horacio); (O 1.25, Horacio); (O 3.15, Horacio)

Hay para los viejos una prohibición de amor. Y es mediante esta prohibición de la cultura que el enamorado le reprocha al objeto amoroso su calidad de viejo. Porque sos viejo ya no puedo amarte. Yo, enamorado de lo que ya no sos, te reprocho lo que ahora sos, eso que quedó de aquello que alguna vez amé. Esta figura se basa en una carencia. Le reprocho al objeto amado lo que ya no tiene. “¿Adonde huyó Venus? ¿Qué te queda ya de aquella que inspiraba el amor, de aquella que me sustraía de mí mismo?” Se le reprocha al objeto el no haber permanecido inmutable.Y este reproche surge de la visión misma del objeto, que emite los signos de su decadencia: las arrugas le afean la frente, las canas tiñen su cabeza. La figura se centra en los signos que se desprenden del cuerpo del otro. Y hay particularmente un signo en esta figura que la vuelve siniestra, entendido de manera psicoanalítica (siniestra en cuanto lo familiar se vuelve extraño): el signo de los dientes lívidos. Este es el signo que nos dice: no es que los viejos no quieran amar, sino es que a su pesar no deben hacerlo.

Siniestro: Figura que remite a una condición del sujeto/objeto amante/amado. Un cambio físico en su cuerpo le trae dos certezas. Por un lado: el tiempo que tuvo para amar y no lo usó, ya se ha perdido. Y por el otro: el tiempo que le queda le será funesto, doble de una pasión imposible. Cuando lo familiar se vuelve extraño. (O 4.10, Horacio)

Ligurino es cruel y soberbio en su belleza. Sabe que tal belleza es un don que le da poder sobre los otros. Pero el conocimiento más importante (en cuanto más utilitario) le sobrevendrá paradójicamente demasiado tarde. Cuando al verse al espejo se encuentre distinto, con una cara que desconoce (o no quiere reconocer), más híspida, entenderá que la belleza es un don siempre y cuando se la sepa aprovechar a tiempo. El primer momento en que Ligurino se mira al espejo, y descubre en su cara un bozo que hasta ayer no tenía, contiene todo lo que de siniestro podemos encontrar en esta figura amorosa.

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~ por gal en febrero 28, 2008.

3 comentarios to “Fragmentos de un discurso clásico del amor”

  1. por que tan largo el testo de be ser mas cortico

  2. la neta date un balazoo! hijo d eputa

  3. betulio: ¿vos decís? a mí no me parece tan largo.
    david: no sé quién es la neta. o qué es. si es para mí no me di un balazo todavía. pero estoy leyendo a di benedetto.

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