“Yo” público / “Yo” privado en “Fuera de lugar” de Edward Said

Para analizar la construcción del “yo” en Said, una construcción que se vincula estrechamente con el género literario de “Fuera de lugar” y que aquí denominaremos retóricas de la memoria[1], es importante tener en cuenta los otros que rodean al autor a lo largo de su vida. Sobre todo su padre y su madre, con los cuales Said establece relaciones al menos particulares, son estructurantes a la hora de que se forme una imagen sobre sí mismo, e intente circunscribir al menos conceptualmente una identidad que explosiona todo el tiempo.  Este intento, no obstante, de delimitar su identidad dentro de un marco cerrado e identificable, de construir su propia vida en tanto sujeto con una historia que tiene un sentido inequívoco (al decir de Giordano[2]), no va a ser posible. Said encuentra su lugar precisamente por afuera de todo lugar preciso, y la construcción de un “yo” monolítico deriva en una construcción desgarrada donde, por un lado, aparece de manera tercerizada un “yo” por afuera incluso de su propia conciencia: un “Edward” que parecería reproducir el discurso de los demás y que se erige con una fuerza propia (como si fuera una entidad ajena al propio Said), un Edward que podríamos llamar público; y paralelamente un Edward privado o íntimo que se diferencia de aquel y que está también explícitamente enunciado en el texto. Para el análisis del primer Edward es importante primeramente tener en cuenta la relación que establece en el seno doméstico con sus padres, y posteriormente la situación sociopolítica de Palestina: el contexto de colonización en el cual es educado Said (analizar principalmente las instancias formativas durante su infancia y adolescencia en escuelas británicas y estadounidenses de El Cairo[3]). Para la consideración del “Edward” íntimo, por otro lado, es importante sobre todo recortar ciertos aspectos de su interioridad, y tener en cuenta algunas situaciones particulares que comparte con su madre, la única que ocasionalmente puede acceder a ese reducto privado. El contexto de escritura, además, signado por una enfermedad terminal, no puede dejar de ser tomado en cuenta, en tanto condiciona esa búsqueda en el pasado de los aspectos constitutivos de su yo.

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“La memoria es una poderosa maquinaria que nos protege de la inquietud provocada por la indeterminación esencial de nuestro presente y nuestra presencia, por el presentimiento de que tal vez el yo (la certidumbre de que soy y he sido) no sea más que lo que queda, cada vez que digo o imagino esa palabra, de un imperceptible y demoledor olvido” (Giordano; 181)

Uno de los puntos centrales a la hora de analizar cómo Said intenta construir una imagen de sí mismo, decíamos, es pensar el contexto de enfermedad que sobrevuela el relato[4]. Esta construcción que intenta, a través de las memorias, constituir imágenes del “sí mismo” parecería en principio nacer de la necesidad de reconocer en una conformación, si bien difícil de delimitar en términos culturales o de identidad personal, lo que de constante puede llegar a haber (o a haber habido) en un cuerpo que empieza a cambiar rotundamente. El prefacio empieza con un Edward presente, pero que paradójicamente es un Edward que no se reconoce como imagen de “sí mismo”. La búsqueda en el pasado, en las indagaciones de los pliegues más ocultos de un Edward privado y otro público, podrían estar respondiendo a esta necesidad. “No, Edward era alto y llevaba gafas. Este no es Edward” dice el mayordomo cuando lo ve después de 38 años en un viaje que Said hace a El Cairo. “Intenté convencerlo de que era yo”, dice por su parte Said, “cambiado por la enfermedad y la vejez”[5]. Podría decirse, a la par de González Roux, que “la muerte del cuerpo es la posibilidad de la escritura de la vida”[6], y en esa posibilidad Said se presenta en el prefacio como “narrador y a la vez personaje del relato”, una posición que asume desde el comienzo abiertamente una búsqueda de autoconocimiento, pero también de automodificación, intimidad, experimentación estética, lo que fuere[7].

La búsqueda en el pasado, decíamos, podría responder a la necesidad de establecer una constante en una identidad que empieza a cambiar a partir de una enfermedad que modifica al cuerpo[8]. Sin embargo rápidamente aparece en Said la conciencia de una identidad fragmentada, por lo que la situación del presente narrativo (un narrador que no se reconoce como “sí mismo” por la intrusión de una enfermedad terminal) pasa a ser un eslabón más de un “yo” desgarrado en principio entre oriente y occidente[9], y en un nivel más profundo entre lo público y lo privado[10]. “He conservado”, dice Said al comienzo del relato, “aquella conciencia de tener múltiples identidades”[11], a lo cual se contrapone el deseo desesperado de cualquier pureza, “ser totalmente árabe, o totalmente europeo o estadounidense, o totalmente cristiano ortodoxo, o totalmente musulmán, o totalmente egipcio”.[12] Este deseo, no obstante, deriva luego (a partir del mecanismo que se repite sobre el final de hacer de un vicio una virtud[13]) en una posterior fascinación por la complejidad, o al decir de Said “fascinación por las múltiples complejidades y ambigüedades del habla y de la escritura”[14]. Aquel deseo de cualquier pureza, por lo tanto, podría responder a determinados raptos de una arbitrariedad simplificadora en contraposición justamente con la construcción compleja de su identidad, raptos que se repiten alternativamente a lo largo del texto, como el deseo de vivir sin historia ni posibilidad de retorno[15], o de dejar de tener un cuerpo[16],  mecanismos inconscientes en un principio para llegar a lo que es inmutable e íntegro[17].

La enfermedad, decíamos entonces, actúa a manera de intrusión en la vida de Said, y no sólo esta que le toca sobrellevar al momento de la escritura y que repercute formalmente en la obra hasta el punto de condicionar el ritmo del propio relato con sus ritmos, sus fases, sus variaciones y sus propias recaídas[18]. El yo privado, de alguna manera, recupera en otras enfermedades pasadas (sobre todo las sufridas por su madre y por su padre) esa misma intrusión a la intimidad que termina siendo una constante casi desde el inicio. “Nada es menos común y comunicable”, dice Arendt, “y por eso de mayor escudo contra la visibilidad y audibilidad de la esfera pública, que lo que ocurre dentro del cuerpo, sus placeres y dolores, su laborar y consumir”[19] Hay, en “Fuera de lugar” como en la propia experiencia social, una relación estrecha entre enfermedad y vida privada desde el comienzo y esto se ve reflejado incluso en lo anecdótico a lo que hace referencia Said. La enfermedad de la madre, por un lado, se resuelve con “la última cosa íntima y lúcida” que Said escucha de ella: “mi pobre criatura”, con una voz, dice Said, “llena de resignación, la de una madre despidiéndose de su hijo.”[20] El cáncer del padre, por otro lado, es visto llanamente en el texto como una invasión a la privacidad de su familia: “la invasión del cáncer”, dice Said, “era la primera intrusión irreversible en la que me seguía pareciendo (…) la inviolable privacidad de mi familia.”[21] Esta enfermedad termina siendo también una amenaza a la realidad material de los Said, con todo lo que esto implica, el aspecto vulnerable de ese dominio que el padre supo construir en Oriente Próximo y que con sus principales puntos interconectados en El Cairo, Dhour y Palestina, en palabras de Said fue construido para que fuese su “hogar”, su “refugio”, y su “morada”, un salvaguardo ante las conmociones políticas de la vida pública[22]. Hay, como vemos, una relación estrecha entre enfermedad y su yo privado, que sobrepasa incluso el momento de enunciación del relato, y en esa relación se recortan como significativas las que exponíamos en la introducción de este apartado: la de Said con sus padres y la que establece a su vez, podemos agregar ahora, con sus respectivas enfermedades.

El yo de Said, avanzada la obra, es una construcción que se realiza desde el presente de enunciación, pero que se retrotrae a otras construcciones efectuadas por el propio Said, las cuales empiezan siendo de otras personas y terminan por desdoblarlo en una personalidad que parecería sacarlo de sí mismo, al menos en el plano discursivo, hasta el punto de conformarlo por momentos en un “Edward” aparte. El yo, como decíamos al principio, sufre una especie de tercerización donde, así como en el propio género autobiográfico del relato, esa construcción se subordina a “estrategias discursivas a través de las cuales la narración pretende construir la vida de un sujeto como una historia con un sentido y un valor inequívocos”[23]. En esa dirección la aparición de un Edward que se desdobla, en la primera infancia de Said, podría responder a delimitar con un sentido más o menos acabado ciertos rasgos de su compleja personalidad que sin duda podrían llegar a entrar en tensión con otros establecidos de antemano en su más íntima interioridad. La separación explícita en al menos dos Edwards deja al descubierto la dificultad, pero también la intención, de ir encuadrando en la medida de lo posible lo que pueda ser clasificable con algún tipo de sentido inequívoco. “Así es”, dice Said, “cómo me convertí en ´Edward´, un invento de mis padres cuyas tribulaciones cotidianas eran contempladas por un yo interior bastante distinto pero en gran medida aletargado e imposibilitado para actuar. ´Edward´ era en primer lugar el hijo, después el hermano y finalmente el muchacho que iba a la escuela y trataba sin éxito de cumplir (o  desdeñar) todas las normas”[24] Este mecanismo, como incluso aclara Said en el propio fragmento, es un legado familiar que responde a ciertas necesidades o recursos presentes desde siempre en el seno de la privacidad familiar. “Su invención”, dice más adelante refiriéndose a ese otro Edward en el cual intenta demarcar funciones bien claras y que se diferencia de un yo íntimo, “fue necesaria debido al hecho de que sus padres también eran invenciones de sí mismos: dos palestinos (…) que vivían en El Cairo colonizado como miembros de la minoría cristiana en el seno más amplio de minorías.”[25]

Hay, en un principio, incluso tres Edwards diferentes: uno doméstico (que es configurado por sus padres y que va a fundirse luego con el Edward público), otro justamente público (que es configurado en la relación con los demás, sobre todo en la interacción de las escuelas coloniales a las que acude), y un Edward íntimo, inaccesible, que guarda escondido ciertos rasgos positivos imposibles de ver para el resto de las personas que configuran a su otros dos Edwards. Y por momentos este Edward íntimo se refiere a los demás realmente como si fueran otros externos a esa interioridad: “Edward estaba encerrado en un cuerpo feo y recalcitrante en el que prácticamente todo era incorrecto” [26] Este Edward íntimo, que se recorta como “la verdadera identidad”[27], puede llegar a considerarse en contraposición con esas figuras impuestas que son los otros dos, un ser “extraordinario y lleno de talento”[28] o un Edward que busca “trascender las normas y limitaciones previamente aceptadas por Édward´”[29] (entendiendo a este último como el Edward público que englobaría también al doméstico). Un intento, podríamos decir, de transcender a cualquier tipo de encuadre impuesto, un Edward verdadero; el mismo que se escapa de la cámara filmadora de su padre cuando está filmando en la piscina, acontecimiento que treinta años después lo llena de euforia, en tanto signo justamente de esa trascendencia, donde las limitaciones aceptadas por el Edward público (las que le impone simbólicamente el padre con un encuadre cinematográfico) dejan lugar a la acción despreocupada de un Edward en principio desconocido, o como dice Said más adelante “no definido de antemano, libre, curioso, rápido, joven, sensible e incluso agradable”[30].

El yo íntimo, que en principio parecería inaccesible, como habíamos dicho, a los otros que conforman sus personalidades públicas, en realidad no lo es tanto. Su madre Hilda, en determinados momentos por lo menos hasta los primeros veinticinco años de vida de Said, tiene acceso a este reducto donde radica, para sus propios ojos, lo mejor de sí mismo. De esta manera Said adopta la costumbre de sentarse junto a ella por las tardes y mantener conversaciones bastante íntimas, rodeando tímidamente “su secreto mejor guardado”: el de por qué él y sus hermanos fueron siempre una decepción para ella[31]; o la de visitar también juntos el Alto Egipto, lugares “cuyo silencio y cuyo vacío espantoso y perturbador” indisponen a Said pero donde vive en compañía de su madre (el Edward verdadero, el que no tiene que aceptar las limitaciones que vienen desde afuera) “una especie de lánguido respiro del bullicio de la escuela y de la gran ciudad” (o en otros términos de la vida pública). “Nos leíamos”, dice este Said introspectivo, “el uno al otro, flotando sin tensión y sin nada que decir en los largos atardeceres de invierno (…) sin plazos ni deberes que cumplir”[32] Su madre, si bien alternativamente con momentos donde se vuelve manipuladora (y por ende en constitutiva de su identidad atormentada[33]) se presenta como una prolongación de este costado íntimo, o de “aquel otro yo que no era Edward”[34], donde Said puede ser plenamente, y que carece de toda limitación impuesta. En esta prolongación ella es la única instancia donde Said puede ratificar la imagen íntima que tiene de sí mismo en otra persona, imagen que los demás en sus procesos de constituirlo como un sujeto en relación con otros (ya sea su padre, sus profesores, sus compañeros de clase, o la propia madre en otras instancias) rectifican repetidamente. “La lectura de Hamlet”[35], dice Said en este sentido, “como afirmación de mi estatus a los ojos de mi madre y no como alguien devaluado, que era como yo me veía, fue uno de los mejores momentos de mi infancia.”[36]

La relación con su padre, en cambio, si bien también con ciertos matices de complejidad y contradicción, corresponde exclusivamente a la constitución de, en principio, su yo doméstico y por extensión también a las bases de su yo público: ese “invento Edward” del cual habla González Roux[37]. En un principio su padre, Wadie Ibrahim, decide cambiar su nombre por el americanizado William A. Said, al tiempo que su vida adopta también el estilo americano, en tanto “sobrio pionero, un hombre de negocios esforzado, exitoso, y protestante”[38], o como Said lo llama más adelante “un capitalista moderno”[39]. Este perfil de hombre que se hace a sí mismo, empieza a dominar todas sus acciones, y en ese desborde aparece en principio la constitución del yo público de Said. “Se había transformado”, dice Said, “en el formidable director de sus negocios, una figura por la que llegué a sentir desagrado y temor porque parecía una versión mayor y más impersonal del hombre que controlaba mi vida”[40]. Como contracara de los aspectos vulnerables de Said, su padre se presenta con cierta fortaleza física y moral que acapara la constitución primera de su personalidad, incluso a fuerza de modelaciones violentas (de golpes de puño ocasionalmente), por afuera de ese recodo íntimo que Said mantiene en su interioridad como un tesoro, y el cual su padre no parece muy interesado en explorar. Se trata de modelaciones incluso en el sentido estricto de la palabra, de errores constitutivos que su padre se esfuerza por corregir, como la miopía (a partir de no usar anteojos de aumento), el desarrollo sexual de su cuerpo (que termina convirtiéndose en tabú y desemboca en una inseguridad de su identidad física[41]), o la postura de la espalda que se convierte en una obsesión y que intenta corregir a partir de un corsé de algodón blanco y látex con correas alrededor del pecho[42]. La verdadera constitución, para el padre, no pasa por la interioridad de Said: se juega en un terreno más material y concreto y que termina afectando su vida pública[43]. El padre es, además, quien se encarga de imponerle los modos de relacionarse con los demás y de comportarse socialmente. Estas modelaciones, junto con formas de nombrarlo y hacerle notar sus faltas, aunque sobre el final Said resuma la relación contradictoria en un legado de represión y liberación al mismo tiempo[44], son los elementos constitutivos de aquel “invento Edward” que nombrábamos más arriba.

Este yo doméstico (construido sobre todo por su padre, y también ocasionalmente por su madre) sienta las bases de la futura construcción (también a través de los demás) del yo público de Said. En este sentido, ciertos acontecimientos en las instancias de formación en escuelas coloniales son significativas. En principio en la GPS (Gezira Preparatory School), escuela británica donde la construcción de ese yo público se da a partir de una esfera relativamente pública, o al menos circunscripta a determinadas facciones de la realidad política y cultural, en tanto el patio de la escuela en palabras de Said representa “una frontera entre el mundo urbano nativo y el suburbio colonial artificial”[45].  Pero la GPS es, antes que nada, el primer contacto que tiene Said con la autoridad colonial, y en ese punto se centra la primera constitución de su yo público, signado justamente por la no pertenencia a esa autoridad[46]. Es el lugar donde toma conciencia, por ejemplo, de ser árabe a partir de un encuentro con el Sr. Pilley, quien le marca esa condición, la cual le impide pertenecer al Geriza Club. El otro, en esta instancia de constitución de su yo público, es quien construye su propia personalidad en tanto la significación de ser árabe (algo que incluso Said ni siquiera había asumido) se desprende de un encuentro en este contexto de colonización. La estadía de Said en la Cairo School for American Children (CSAC), por su parte, escuela estadounidense en El Cairo, que se presenta como un imperio nuevo que desplaza al anterior[47], mantiene la misma lógica de constitución de la propia identidad a partir del encuentro con los otros y de la diferencia cultural. En este sentido una serie de objetos, prácticas y costumbres, se recortan como indicadores de la diferencia: un par de medias rayadas de un aviador americano que Said recibe de su padre se convierte en la afirmación impostada de ser estadounidense, así como el intento por camuflar su apellido y americanizarlo (que deviene al principio en “Sayid”), son recursos que no terminan por resolver en absoluto el conflicto que le genera esa diferencia cultural. “La CSAC”, dice Said en este sentido, “me obligó a considerar a ´Edward´ más que nunca como una construcción defectuosa, aterrada e incierta. Me daba la impresión de que detrás de mi identidad inestable como estadounidense acechaba otra identidad árabe, de la cual yo no podía sacar fuerzas, sino únicamente vergüenza e incomodidad”[48]. Esta identidad inestable es a los ojos de Said “una identidad falsa e incluso ideológica”[49], que surge como necesidad y anticuerpo al choque cultural y que termina por moldear su personalidad pública. Es la CSAC, también, como lo era la GPS, una instancia donde Said se encuentra con una autoridad colonial que lo moldea (como había sucedido en aquel encuentro con el Sr. Pilley) a partir de las propias formas que tiene esa autoridad de nombrarlo. “Eres sin duda el peor alumno de la clase” le dice la Señora Clark frente a sus compañeros y en este sentido resume Said: “la señorita Clark me había definido, había visto a través de mí de forma intencionada, deliberada y prolija; me había visto de un modo que yo mismo no podía ni quería verme y había revelado sus descubrimientos de la forma más pública posible”[50]. Esta definición tan rotunda depende, como casi todo en esta instancia formativa de su yo, de una diferencia en términos culturales que se vuelve incontrastable.

Hay una separación, en principio durante la infancia y adolescencia de Said (que no va a terminar por resolverse cuando viaje a Estados Unidos en su etapa universitaria) entre un “Édward” público y exterior (repleto de limitaciones), y un yo íntimo que se opone en tanto está guiado, según Said, por “metamorfosis libres e irresponsables”[51]. Un primer ´Edward´ constituido sobre todo por su familia, profesores y mentores; y otro íntimo y privado, el cual (si bien Said mantiene la esperanza de que en algún momento ambos puedan llegar a fundirse en uno solo[52]) es capaz de leer, pensar y escribir incluso con independencia del primer ´Edward´[53].  Son dos personalidades diferentes que no se presentan como la contracara una de la otra, ni con ninguna lógica de complementariedad, sino absolutamente escindidos.

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Ahora bien, “Fuera de lugar” en tanto proyecto de escritura, y pensando aquella relación inicial que establecíamos con el contexto de enfermedad, se presenta como un desafío ante una nueva clase de vigilia[54], y sobre todo con la intención de profundizar en los aspectos más alejados de la vida política y profesional de Said[55]. Esta intención, en principio, vuelve a establecer la separación tajante entre esfera pública y esfera privada. Pero a nuestro entender justamente lo que hace “Fuera de lugar” en esa búsqueda hacia el pasado, en los matices y diferencias entre las partes de su yo fragmentado, es establecerse como un nexo comunicativo entre esos dos extremos. Incluso más allá de la escritura íntima de las memorias como una intervención pública (o intrusión conflictiva en la sociedad[56]), esa búsqueda tiene al nivel del género una trascendencia pública. La relación aquella entre los dos Edwards que establece Said al interior del relato, como dos identidades completamente escindidas, no es del todo clara a la hora de recibir como lectores esa intervención de una escritura íntima. Con “Fuera de lugar” las huellas de las dos series paralelas propias del género de las que habla Pauls, la serie de las catástrofes planetarias (en este caso el colonialismo en el Tercer Mundo), y la serie de los derrumbes personales (la faceta que podríamos llamar lacrimógena en Said: el tortuoso camino de constitución por parte de los demás) aparecen como series indisociables[57]. El yo que pertenece a su seno familiar es también, en este sentido, un yo político, y por ende (luego del gesto intrusivo en la sociedad que es toda publicación de una autobiografía) aparece con una trascendencia pública. Se trata, en otros términos, de la “dimensión política” de la escritura de los recuerdos[58]; de lo que hay y pasa por afuera de determinado tipo de relaciones familiares, íntimas, que van más allá de la cuestión privada. “Todas las familias”, dice Giordano, “ocultan algún secreto (…) Esos secretos sin contenido ni verdad identificable no remiten, como se podría suponer, a lo más privado del adentro porque escapan a la lógica de lo representable que opone lo privado a lo público, lo de adentro a lo de afuera”[59]. En este sentido las relaciones que Said establece con sus padres son además de historias íntimas de tono confesional, un tratado que sobrepasa lo anecdótico, y que hace referencia a lo que de universal y político puede haber en una relación padre-hijo, madre-hijo, hermano-hermanas. “Eso que llaman lo subjetivo”, dice Tununa Mercado, “-las emociones, los sentimientos, los placeres de dañar al maligno o de descomponer la treta del canalla- es lo político por antonomasia”[60]. Cada representación privada hace referencia a algo exterior a sí misma, en algún punto depende de la cosa pública, y al publicitarse al mismo tiempo (mediante la escritura de recuerdos) se vuelve cada una, también, una representación política. En ese sentido decimos que “Fuera de lugar” puede actuar como nexo comunicante entre las dos esferas que Said contrapone en el contenido de la obra: por un lado su yo público (y posteriormente profesional) y por otro su yo privado (que aparentemente sin la publicidad de sus memorias nos resultaría inaccesible). “Nuestra sensación de la realidad”, dice Arendt, “depende por entero de la apariencia y, por lo tanto, de la existencia de una esfera pública en la que las cosas surjan de la oscura y cobijada existencia, incluso el crepúsculo que ilumina nuestras vidas privadas e íntimas deriva de la luz mucho más dura de la esfera pública”[61]. Cada representación de aquel yo inaccesible, por lo tanto, está iluminada en parte por esa luz que pertenece al mundo común del que habla Arendt. Y “Fuera de lugar” como texto autobiográfico sería, en ese sentido, una especie de espejo que refleja esa luz hacia ambos lados, iluminando tanto lo que de oscuro puede llegar a tener su existencia íntima, como (incluso de una manera novedosa en tanto luz reflejada desde el interior de sí mismo) la publicidad inherente a un escritor que es, ya de antemano, un escritor público.

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

-          ARENDT, Hannah; “La esfera pública y la esfera privada”, en La condición humana, Ediciones Paidós, Barcelona, 1993.

-          ———————–; “Labor”, en La condición humana, Ediciones Paidós, Barcelona, 1993.

-          GIORDANO, Alberto; Una posibilidad de vida (Escrituras íntimas), Beatríz Viterbo Editora, Rosario, 2006.

-          GONZÁLEZ ROUX, Maya; Escribir desde la periferia: la figura del exiliado en “Fuera de lugar”, Ensemble, Revista electrónica de la Casa Argentina en París.

-          SAID, Edward W.; Fuera de lugar, Grijalbo Mondadori, Barcelona, 2001.

-          SCHETTINI, Ariel; El lugar sin límites, reseña en Radar libros, suplemento cultural Página/12.

-          ZAPATA SILVA, Claudia; Edward Said y la otredad cultural, Atenea 498 (2008): 55-73.

 

 


[1] Alberto Giordano propone esta denominación para dar cuenta de la escritura de los recuerdos en tanto “estrategias discursivas a través de las cuales la narración pretende construir la vida de un sujeto como una historia con un sentido y un valor inequívocos, dejándose orientar por el poder de persuasión de distintas codificaciones culturales” (Giordano; 44).

[2] Véase cita anterior.

[3] Schettini resume la compleja composición de la identidad de Said de esta manera: “Said es un árabe, hijo de un americano de origen palestino y una mujer palestina, ambos protestantes, que nació en Jerusalén, pero se educó en El Cairo en colegios ingleses destinados a la burguesía, que finalmente emigró a los Estados Unidos, para estudiar en Princeton y Harvard.” (Schettini; 2). En estos contextos de formación básica y superior es donde Said construye su figura pública, un Edward en relación a una esfera común de participación particular, caracterizada principalmente por la diferencia cultural.

[4] La segunda línea del prefacio dice “Hace varios años me diagnosticaron una enfermedad aparentemente fatal” (Said; 11)., refiriéndose a lo que más tarde se conocerá en la obra como “una leucemia linfocítica crónica (CLL)” (Said, 296).

[5] Said; 13.

[6] Véase González Roux, nota al pie N° 7.

[7] Véase Giordano; 129.

[8] Said lo resume de esta manera: “Una larga serie de viajes, de intentos de recuperar fragmentos de mi vida y a gente que ya había desaparecido: aquella fue la reacción a los rigores crecientes de mi enfermedad.” (Said; 296). “El diarista escribe”, dice Giordano por su parte, “según la tantas veces citada fórmula de Gide, para poner algo a salvo de la muerte” (el subrayado es del original, Giordano; 116).

[9] Esto queda ya reflejado en el nombre de Said: Edward, nombre inglés que hace referencia al príncipe de Gales, y un apellido árabe de tradición familiar, que es el nombre de varios de sus tíos y primos. Alternativamente Said va acentuando una parte u otra de esa construcción dispar: “Durante años, y dependiendo de las circunstancias exactas, pasaba a toda prisa por encima de ´Edward´ y hacía hincapié en ´Said. En otras ocasiones hacía lo contrario o los unía ambos tan deprisa que ninguno se oía con claridad.” (Said, 17).

[10] Estos niveles mantienen entre sí una estrecha relación. La situación de colonialismo en la cual crece Said afecta su propia interioridad y también la publicidad posible en tanto sujeto político. Dice Zapata Silva: “la imposición violenta de una cultura se hizo en detrimento de otra señalada como inferior, afectando prácticas distintivas como la lengua y la memoria” (Zapata Silva; 05).

[11] Said; 20.

[12] Said; 20.

[13] Said ve como un rasgo positivo sobre el final el hecho de “permanecer fuera de lugar, no poseer una casa y nunca sentirse adaptado a ninguna parte” (Said; 392), así como transforma en un valor el no poder dormir: “El insomnio”, dice, “es para mí una bendición que deseo a toda costa” (Said; 393).

[14] Said; 371.

[15] En este sentido es interesante analizar la escena en Mranacook, donde Said describe a su compañero Andy quien después de ir leyendo un libro arranca cada hoja y la va tirando despreocupadamente al lago, como parte según Said de “algún aspecto inescrutable de la vida estadounidense” (Said, 185), que en algún punto envidia.

[16] Dice Said más adelante: “Una de mis fantasías recurrentes, y tema de un ensayo escolar que escribí a los doce años, era convertirme en libro, un objeto cuyo destino se me antojaba felizmente libre de cambios no deseados, distorsiones en la forma y críticas de su aspecto” (Said; 109).

[17] Lo impreso, en relación a la cita anterior, representa para Said, textualmente, “lo inmutable y (de) aspecto íntegro” (Said, 109).

[18] Véase Said; 296. Más adelante Said especifica: “con estas memorias me dejé llevar por las fases del tratamiento, las estancias en hospitales, el dolor físico y la angustia mental, y dejé que fueran ellas quienes dictaran cómo y cuándo podía escribir.” (Said; 297).

[19] Arendt; 123.

[20] Véase Said; 81.

[21] Véase Said; 348. “El rasgo no privativo de la esfera familiar”, dice Arendt refiriéndose a la relación que podemos establecer aquí entre intimidad y cercanía a la muerte, “se basaba originalmente en ser la esfera del nacimiento y de la muerte, que debe ocultarse de la esfera pública porque acoge las cosas ocultas a los ojos humanos e impenetrables al conocimiento humano. Es oculto porque el hombre no sabe de dónde procede cuando nace ni adónde va cuando muere” (Arendt; 70-71).

[22] “Yo tenía la impresión de que había un mundo entero afuera”, dice Said, “siempre dispuesto a invadirnos, a rodearnos y tal vez a acabar con nosotros” (Said, 43). “La segunda característica sobresaliente y no privativa de lo privado”, dice por su parte Arendt, “es que las cuatro paredes de la propiedad de uno ofrecen el único lugar seguro y oculto del mundo común público, no sólo de todo lo que ocurra en él sino también de su publicidad, de ser visto y oído” (Arendt, 76).

[23] Giordano 44. En este sentido dice Said haciendo referencia al presente de escritura: “Mientras escribo esto en un momento muy tarde de mi vida, tengo ocasión de registrar mi experiencias como un todo coherente que inusitadamente no me ha dejado ninguna rabia.” (el subrayado es mío, Said; 96).

[24] Said; 36. Este Edward presente que es una construcción en gran medida de sus padres, se contrapone a otro Edward anterior que le es narrado al Edward presente: a partir de historias pasadas se recorta el perfil de un “antiguo Edward (al que) le gustaba jugar y armar jaleo con su feliz padre” (Said, 48), algo que nada tiene que ver con el presente Edward problemático.

[25] Said; 36. Ya páginas atrás se había resaltado esta capacidad del padre de inventarse a sí mismo, como un recurso incluso que podía ir más allá de la mera necesidad y que se termina trasladando al propio Said: “Con el tiempo”, dice Said refiriéndose a su padre, “ he descubierto que lo que su periodo en Estados Unidos representó realmente en su vida posterior fue el ejercicio de inventarse a sí mismo con un fin determinado, algo que explotó en todo lo que hizo y también en lo que obligó a hacer a otros, básicamente a mí”: (el subrayado es mío, Said; 25-26) Esta invención de sí mismo es la que efectúa, en términos del propio Said, él mismo cuando decide trasladarse a Estados Unidos (véase Said, 304).

[26] Said; 91.

[27] Véase said; 121.

[28] Said; 89.

[29] Said, 125.

[30] Said; 121.

[31] Véase said, 84.

[32] Véase Said; 286, 287.

[33] Para más detalle véase la serie de prohibiciones que le imparte su madre, en Said, 52.

[34] Said, 234.

[35] Durante cinco o seis sesiones Said comparte con su madre la obra de Shakespeare, aislados absolutamente de todo lo que solía rodearlos, interpretando cada uno un grupo de personajes, tratando según dice el propio Said, de entender la obra (véase Said, 78).

[36] Said, 79.

[37] Véase González Roux, 03.

[38] Véase Said, 26.

[39] Said, 130.

[40] Said, 42. Esta característica, no obstante, se encuentra en el centro de la relación en tanto contradictoria, ya que sobre el final esta capacidad es reivindicada: una inteligencia comercial capaz de reconstruir el negocio destruido por los saqueos del Sábado Negro: “Muy bien, es hora de arremangarnos y empezar de nuevo” dijo el padre en aquel entonces y esa frase, dice Said, le quedó a él en la cabeza durante cuarenta y seis años. (véase Said, 328-329).

[41] El control sobre su desarrollo sexual llega hasta incluso la revisión de su pijama para constatar si tenía marcas de alguna polución nocturna, para en caso contrario concluir en que Said se había estado tocando. Lo lógico era el efecto rebalse (tal como lo explica el propio padre de Said), por lo que otro signo es penado con fuertes castigos que intentan justamente la modelación de su personalidad (véase Said, 101-102).

[42] Véase Said, 94.

[43] “Mi padre”, dice Said al comienzo del relato, “llegó a representar una combinación devastadora de poder y autoridad, de disciplina y emociones reprimidas” (Said, 27).

[44] Said, 292.

[45] Said, 63. Ahí estudia y juega Said  en un contexto  donde la constante siempre es la diferencia cultural, rodeado por alumnos ingleses (“chicos y chicas provistos de envidiables nombres auténticos, ojos azules y acentos inmejorables”), y también por armenios, griegos, judíos egipcios o coptos.

[46] Después de ser azotado arbitrariamente por el Sr. Bullen Said se pregunta: “¿quién era aquel bruto para azotarme de una forma tan humillante? ¿y por qué era yo tan impotente, tan “débil”- la palabra estaba empezando a adquirir una resonancia considerable en mi vida- como para dejar que me atacara con semejante impunidad?” (Said, 66).

[47] Véase Said, 115.

[48] Said, 125.

[49] Said, 126.

[50] Said, 121. A partir de esta enunciación de la señora Clark (esta manera pública de nombrarlo, y por ende de constituirlo) Said empieza a sentir una marcada incomodidad frente a sus compañeros, signada de nuevo por la diferencia cultural: “¿Quién es esa persona”, imagina Said que piensan sus compañeros, “un niño árabe. ¿Y qué está haciendo en una escuela para niños americanos? ¿de dónde ha salido?” (Said, 121).

[51] Said, 184.

[52] Véase Said, 279.

[53] Véase Said, 233.

[54] “Este libro”, dice Said, “trata de la incapacidad para dormir, del silencio del insomnio y, en mi caso, de la necesidad del recuerdo consciente y la articulación de la memoria que se han convertido en sustitutos del sueño.” (Said; 298).

[55] Dice Said: “Como una de las reacciones más importantes a mi enfermedad empecé este libro y descubrí en él un nuevo tipo de desafío (…): un proyecto que estaba tan lejos de mi vida política y profesional como yo era capaz de ir.” (Said, 298).

[56] Said con su escritura de “Fuera de lugar” puede ser ubicado en la columna de, al decir de Giordano “los que escriben para sí mismos pero saben o suponen que serán publicados póstumamente” (Giordano; 138).

[57] Giordano retoma esta definición de Alan Pauls y dice: “Casi todos los diarios de este siglo se escriben sobre huellas de estas dos series paralelas, coextensivas, que sólo tienen sentido en la medida en que son indisociables: la serie de catástrofes planetarias (guerras mundiales, nazismo, holocausto, totalitarismo, etc.), la serie de los derrumbes personales (alcoholismo, impotencia, locura, degradación física)” (Giordano; 86).

[58] Véase Giordano; 62.

[59] Giordano; 72.

[60] Véase Giordano, 62. La intervención que hace Said, podría denominarse en términos de Arendt una intervención social, en tanto no es estrictamente ni pública ni privada, se juega en el medio y tiene componentes de ambas (véase Arendt; 41). “A través de la sociedad”, dice más adelante, “de una forma u otra ha sido canalizado hacia la esfera pública el propio proceso de la vida” (Arendt; 56). Más adelante sigue, en relación a las transformaciones sucedidas en la narración de historias y en la transposición artística de experiencias individuales (en donde nosotros incluiríamos el relato autobiográfico): “las mayores fuerzas de la vida íntima –las pasiones del corazón, los pensamientos de la mente, las delicias de los sentidos- llevan una incierta y oscura existencia hasta que se transforman, desindividualizadas, como si dijéramos, en una forma adecuada para la aparición pública” (Arendt; 59). Ariel Schettini entiende este mismo recorrido que hace Said, que va de lo íntimo y personal al plano político y cultural, en estos términos: “El estilo de pensamiento de Said”, dice, “nació como dice efectivamente en ´Fuera de lugar´ de un sentimiento personal, es verdad. Su valor consiste en que pudo darle a ese sufrimiento el lugar de un conflicto político y cultural. Y acaso esa sea su aporte mayor: hacer de cada conflicto un aporte exterior y social” (Schettini, 2).

[61] Arendt; 60.

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~ por gal en noviembre 5, 2010.

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